Es recomendable que esta misa se usa en las primeras celebraciones de los neo-sacerdotes, (sacerdotes recién ordenados). Este subsidio únicamente recomienda un formulario optimo y entendible. No define la celebración. Si es decisión del celebrante, puede hacer modificación de las partes distintas de la Misa.
Reunido el pueblo, el celebrante se dirige al altar, con los ministros, mientras se entona el canto de entrada.
ANTIFONA DE ENTRADA
(Cf. Sal 109,4)
El Señor lo ha jurado y no se retractará: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec.
Cuando llega al altar, habiendo hecho con los ministros una inclinación profunda, venera el altar con un beso y, si es oportuno, inciensa la cruz y el altar. Después se dirige con los ministros a la sede.
Terminada la procesión de entrada, el celebrante y los fieles, de pie, se santiguan con la señal de la cruz, mientras el sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Amén.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes
Y con tu espíritu
El celebrante o el diácono, u otro ministro, puede decir una monición muy breve para introducir a los fieles en la Misa del día.
ACTO PENITENCIAL
A continuación se hace el acto penitencial, al que el celebrante invita a los fieles, diciendo:
Hermanos: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados.
Se hace una breve pausa en silencio. Después, se pronuncia la formula de confesión general:
Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión;
Y, golpeándose el pecho, dicen:
por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Luego, prosiguen:
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos, que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.
Sigue la absolución del sacerdote:
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
SEÑOR TEN PIEDAD
A continuación, el coro o el mismo sacerdote cantan el Señor Ten Piedad, (Kyrie Eleison).
Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.
Señor, ten piedad.
HIMNO DEL GLORIA
A continuación, a menos que la celebración no coincide con alguna feria cuaresmal o pascual, el coro o el mismo sacerdote cantan el himno del Gloria, (Gloria In Excelsis Deo).
Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias.
Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso. Señor Hijo único, Jesucristo, Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre:
Tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de nosotros: porque sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén.
ORACION COLECTA
Terminado el himno, el celebrante, con las manos juntas, dice:
Oremos.
Dios nuestro, que para gloria de tu nombre y salvación del género humano constituiste a tu único Hijo, sumo y eterno sacerdote, concede que el pueblo adquirido con su Sangre, por la participación en su memorial, pueda experimentar el poder de su Cruz y de su Resurrección, Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
LITURGIA DE LA PALABRA
Durante el tiempo pascual o cuaresmal es recomendable que se use la liturgia propia del dia. Si la fecha lo permite, puede usarse el siguiente formulario:
PRIMERA LECTURA
(Is. 52, 13-53, 12)
Él fue traspasado por nuestras rebeldías.
Lector: Del libro del profeta Isaías:
Sí, mi Servidor triunfará: será exaltado y elevado a una altura muy grande. Así como muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano, así también él asombrará a muchas naciones, y ante él los reyes cerrarán la boca, porque verán lo que nunca se les había contado y comprenderán algo que nunca habían oído.
¿Quién creyó lo que nosotros hemos oído y a quién se le reveló el brazo del Señor?
El creció como un retoño en su presencia, como una raíz que brota de una tierra árida, sin forma ni hermosura que atrajera nuestras miradas, sin un aspecto que pudiera agradarnos. Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada.
Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. El fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados.
Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca.
Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio un sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca.
El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado.
Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía en favor de los culpables.
Lector: Palabra de Dios:
Te alabamos, Señor.
O bien:
(Is. 52, 13-53, 12)
Él fue traspasado por nuestras rebeldías.
Lector: De la carta a los Hebreos:
Cristo, en cambio, después de haber ofrecido por los pecados un único Sacrificio, se sentó para siempre a la derecha de Dios, donde espera que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies. Y así, mediante una sola oblación, él ha perfeccionado para siempre a los que santifica.
El Espíritu Santo atestigua todo esto, porque después de haber anunciado: Esta es la Alianza que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Yo pondré mis leyes en su corazón y las grabaré en su conciencia, y no me acordaré más de sus pecados ni de sus iniquidades.
Y si los pecados están perdonados, ya no hay necesidad de ofrecer por ellos ninguna otra oblación.
Por lo tanto, hermanos, tenemos plena seguridad de que podemos entrar en el Santuario por la sangre de Jesús, siguiendo el camino nuevo y viviente que él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne. También tenemos un Sumo Sacerdote insigne al frente de la casa de Dios. Acerquémonos, entonces, con un corazón sincero y llenos de fe, purificados interiormente de toda mala conciencia y con el cuerpo lavado por el agua pura.
Mantengamos firmemente la confesión de nuestra esperanza, porque aquel que ha hecho la promesa es fiel.
Lector: Palabra de Dios:
Te alabamos, Señor.
SALMO RESPONSORIAL
(Sal. 39)
R: ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad!
¡Cuántas maravillas has realizado,
Señor, Dios mío!
Por tus designios en favor nuestro,
nadie se te puede comparar. R:
«Yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón.» R:
Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
tú lo sabes, Señor. R:
No escondí tu justicia dentro de mí,
proclamé tu fidelidad y tu salvación. R:
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
(Is 42, 1)
R. ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
Este es mi servidor, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones.
R. ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
EVANGELIO
(Lc. 22, 14-20)
Hagan esto en memoria mía.
Mientras se entona la aclamación, si se usa incienso, el celebrante lo pone en el incensario. Después, el diácono que va a proclamar el Evangelio, profundamente inclinado ante el sacerdote, pide la bendición, diciendo en voz baja:
Padre, dame tu bendición.
El celebrante en voz baja dice:
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
El diácono se signa con la señal de la cruz y responde:
Amén.
Después el diácono, se dirige al ambón, y acabada la aclamación dice:
V: El Señor esté con ustedes.
El pueblo responde:
Y con tu espíritu.
El diácono, o el sacerdote:
V: Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
Y, mientras tanto, hace la señal de la cruz sobre el libro y sobre su frente, labios y pecho.
El pueblo aclama:
Gloria a tí, Señor.
Luego el diácono, si se usa incienso, inciensa el libro y proclama el Evangelio.
V: Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:
«He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios.»
Y tomando una copa, dio gracias y dijo:
«Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.»
Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía.»
Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:
«Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.»
Acabado el Evangelio, el diácono aclama:
V: Palabra del Señor.
Todos responden:
Gloria a tí, Señor Jesús.
HOMILIA
Luego se hace la homilía, que corresponde al celebrante o al diácono.
Terminado lo anterior, comienza el canto para el ofertorio. Mientras tanto, los ministros colocan sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal.
Si es oportuno, inciensa las ofrendas, la cruz y el altar. Después el diácono, u otro ministro, inciensa al sacerdote y al pueblo.
Después, el celebrante de pie en el centro del aftar, de cara al pueblo, extendiendo y juntando las manos, dice:
Oren, hermanos, para que, trayendo al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos dispongamos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso.
El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
ORACION SOBRE LAS OFRENDAS
Luego el celebrante, con las manos extendidas, dice la oración sobre las ofrendas.
Concédenos, Señor, participar dignamente de estos misterios pues cada vez que celebramos el memorial de este sacrificio, se realiza la obra de nuestra redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amen.
PREFACIO I DE LAS ORDENACIONES
El Sacerdocio De Cristo Y El Ministerio De Los Sacerdotes
El Señor esté con ustedes.
Y con tu espíritu.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.
El celebrante prosigue el prefacio, con las manos extendidas.
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Pues, por la unción del Espíritu Santo, constituiste a tu Unigénito pontífice de la nueva y eterna alianza, y determinaste, en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
Él no solo confiere la dignidad del sacerdocio real a todo el pueblo redimido, sino que, con fraternal predilección, elige a algunos hombres, para hacerlos, por la imposición de las manos, participes de su ministerio santo.
Ellos renuevan en su nombre el sacrificio de la redención humana, preparan para tus hijos el banquete pascual, preceden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con la palabra y lo fortalecen con los sacramentos.
Entregando su vida por Ti y por sus hermanos, tus sacerdotes, Señor, van configurándose a Cristo, y han de darte testimonio constante de fidelidad y amor.
Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo:
SANTO
SANTO, SANTO, SANTO, ES EL SEÑOR DIOS DEL UNIVERSO, LLENOS ESTÁN LOS CIELOS, Y LA TIERRA DE SU GLORIA
HOSANNA EN EL CIELO,
BENDITO ES EL QUE VIENE, EN EL NOMBRE DEL SEÑOR
PLEGARIA EUCARISTICA III
El celebrante, con las manos extendidas, dice:
CP
Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus crea turas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo, y congregas a tu pueblo sin cesar, para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha desde donde sale el sol hasta el ocaso.
Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
CC
Por eso, Padre, te suplicamos que santifiques por el mismo Espíritu estos dones que hemos separado para ti,
Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:
de manera que se conviertan en el Cuerpo ✠ la Sangre de Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, Junta las manos. que nos mandó celebrar estos misterios.
En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor han de pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.
Porque él mismo, la noche en que iba a ser entregado,
Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó pan, y dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos.
TOMEN Y COMAN TODOS DE EL, PORQUE ESTE ES MI CUERPO QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.
Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora haciendo genuflexión.
Después prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena,
Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó el cáliz, dando gracias te bendijo, y lo pasó a sus discípulos, diciendo:
TOMEN Y BEBAN TODOS DE EL, PORQUE ESTE ES EL CALIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERA ENTREGADA POR USTEDES Y POR MUCHOS PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HAGAN ESTO EN MEMORIA MIA.
Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora haciendo genuflexión.
Luego dice:
Éste es el Misterio de nuestra fe.
Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CC
Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos, en esta acción de gracias, el sacrificio vivo y santo.
Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia, y reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.
C1:
Que él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos: con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y los mártires y todos los santos, por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda.
C2:
Te pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación traiga la paz y la salvación al mundo entero. Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra: a tu servidor, el Papa Benedicto, a nuestro arzobispo Luis Román, al orden episcopal, a los presbíteros y diáconos, y a todo el pueblo redimido por ti.
Atiende los deseos y súplicas de esta familia que has congregado en tu presencia. Reúne en torno a ti, Padre misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo.
† A nuestros hermanos difuntos, el Papa Francisco, el Papa Benedicto, y a cuantos murieron en tu amistad recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria,
Junta las manos.
por Cristo, Señor nuestro, por quien concedes al mundo todos los bienes.
Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz, los eleva y dice:
CP o CC
Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
Amén.
RITO DE LA COMUNIÓN
Una vez depositados el cáliz y la patena sobre el altar, el celebrante, con las manos juntas, dice:
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado; digamos con fe y esperanza:
Extiende las manos y, junto con el pueblo, continúa:
Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.
Solo el celebrante, con las manos extendidas, prosigue diciendo:
Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.
Después el celebrante, con las manos extendidas, dice en voz alta:
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: "La paz les dejo, mi paz les doy", no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.
Junta las manos.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
El celebrante, vuelto hacia el pueblo, extendiendo y juntando las manos, añade:
La paz del Señor esté siempre con ustedes.
Y con tu espíritu.
Luego, si se juzga oportuno, el diácono añade:
Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión fraterna.
Y todos, según las costumbres del lugar, se intercambian un signo de paz, de comunión y de caridad. El celebrante da la paz al diácono o al ministro, y mientras fracciona el pan, se canta:
CORDERO DE DIOS
CORDERO DE DIOS QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO
TEN PIEDAD DE NOSOTROS, TEN PIEDAD DE NOSOTROS
CORDERO DE DIOS QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO
TEN PIEDAD DE NOSOTROS, TEN PIEDAD DE NOSOTROS
CORDERO DE DIOS QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO
DANOS LA PAZ,
El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena o sobre el cáliz, de cara al pueblo, dice con voz clara:
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor.
Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Despues reparte la comunion a quienes esten en condiciones, mientras se entona el canto.
ANTIFONA DE COMUNIÓN
(Cf. 1 Cor 11, 24-25)
Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Esta copa es la nueva alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que beban de ella, háganlo en memoria mía.
ORACION DESPUES DE LA COMUNION
Terminado el canto, el celebrante, con las manos juntas, dice:
Oremos.
Padre y Señor nuestro, por la participación en este sacrificio, que tu Hijo mandó celebrar en conmemoración suya, te pedimos que nos conviertas, junto a él, en una ofrenda eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amen
RITOS FINALES
BENDICION FINAL
(De La Santisima Virgen María)
Siguen los breves avisos para el pueblo.
Después tiene lugar la despedida. El celebrante, vuelto hacia el pueblo, extendiendo las manos, dice:
El Señor esté con ustedes.
El pueblo responde:
℟. Y con tu espíritu.
Que Dios, cuya providencia amorosa quiso redimir benignamente al género humano por medio de su Hijo santísimo nacido de la Virgen María, los colme de sus bendiciones.
Amén.
Que experimenten siempre y en todo lugar la protección de la Virgen María, por quien merecieron ustedes recibir al autor de la vida.
Amén.
Que a todos ustedes, que se han reunido hoy aquí para celebrar con devoción esta fiesta de María, el Señor les conceda los goces espirituales y los premios del cielo.
Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre ✠, Hijo ✠, y Espíritu Santo ✠, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Amén.
Luego el diácono, o el mismo celebrante, con las manos juntas, vuelto hacia el pueblo, dice:
Pueden ir en paz.
Demos gracias a Dios.
Despues se retiran a la sacristia.
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