Homilia I Solemnidad de la Natividad del Señor


HOMILÍA 
DEL EXCMO. MONS. LUIS GALVÁN
SANTA MISA SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
En esta noche santa la Iglesia vuelve a contemplar el misterio más desconcertante y a la vez más tierno de nuestra fe: Dios se hace hombre. No como un poderoso, no desde un trono, no desde la seguridad de los grandes; sino en la fragilidad de un recién nacido, en la sencillez de un pesebre, acompañado únicamente por la fidelidad silenciosa de María y José.

Cada Navidad nos invita a detenernos. Y creo que todos, en lo profundo, necesitamos esa pausa. Venimos con cansancios, con preguntas, con luchas que a veces no sabemos cómo nombrar. Medellín, nuestra casa común, conoce muy bien la mezcla de dolor y esperanza que atraviesa la vida humana. Y es precisamente ahí donde este misterio se vuelve actual: Dios entra en nuestra historia sin miedo a nuestra humanidad.

En el centro de esta celebración quisiera dejar la enseñanza fundamental de esta homilía:
El nacimiento de Jesús nos revela que Dios no viene a imponerse desde fuera, sino a acompañarnos desde dentro; no viene a reemplazar nuestra vida, sino a iluminarla; no viene a exigir perfección, sino a ofrecer cercanía.

Esa es la verdadera novedad del Evangelio, el verdadero regalo de la Navidad.
El Hijo de Dios elige nacer en un ambiente pobre, limitado y vulnerable porque quiere decirnos, sin discursos complicados, que no hay realidad humana demasiado pequeña, demasiado rota o demasiado oscura para Él. El pesebre nos recuerda que Dios no teme a lo frágil.
Y esto debería darnos una gran paz: Dios no le tiene miedo a lo que a veces nosotros sí tememos de nosotros mismos.

Contemplemos el pesebre: ahí no se exige grandeza, se acoge la vida tal cual es. Ahí no se habla de méritos, sino de gracia. Ahí no se pregunta por el pasado, se abre un camino nuevo.
Y ese camino, hermanos, es también para nosotros. No importa en qué punto espiritual o emocional lleguemos hoy: Dios nace igualmente. No para juzgarnos, sino para acompañarnos; no para aplastarnos, sino para levantarnos.

Tal vez en muchos de ustedes esta Navidad despierta sentimientos encontrados: alegría por algunos momentos, nostalgia por ausencias, cansancio por luchas personales, o simplemente un silencio interior difícil de describir. Pongan todo eso delante del Niño. Él nace justamente para abrazar nuestra humanidad.

El mensaje de Belén sigue siendo actual: la salvación empieza en lo pequeño, en lo oculto, en lo sencillo. Empieza donde uno se deja encontrar. Y si permitimos que el Señor nazca verdaderamente en nuestro corazón, entonces también nosotros podremos ser presencia de luz, de consuelo y de paz para otros.
La Navidad no es solo un recuerdo: es una misión. Una llamada a ser, cada uno en su ambiente, un signo de esperanza.

María y José nos enseñan que la fe no consiste en entenderlo todo, sino en abrir espacio a Dios aun en las circunstancias menos ideales. Ellos creyeron, confiaron y acompañaron. Que su ejemplo nos sostenga a nosotros también.

Hermanos, que esta Navidad renueve nuestra fe, serenidad y confianza. Que el Niño Dios encuentre en nuestra Arquidiócesis de Medellín un pueblo dispuesto a caminar con Él, a trabajar por la paz, a construir esperanza y a acoger también a tantos hermanos que hoy buscan un lugar donde descansar.
A todos ustedes, de corazón, les deseo una muy Navidad.

   Luis R. Galván   
Servus Dei

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