SANTA MISA SOLEMNE
CON EL RITO DE
ORDENACIONES SIMULTANEAS
PRESIDIDA POR
S.E.R MONS. LUIS ROMÁN GALVÁN
ARZOBISPO METROPOLITANO DE MEDELLÍN
VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CATEDRAL METROPOLITANA DE MEDELLÍN
15.02.2026
RITOS INICIALES
CANTO DE ENTRADA
(Rey Y Sacerdote)
Una vez reunido el pueblo, el Obispo se dirige al altar con los ministros durante el canto de entrada.
JESUCRISTO, HAZ DE NOSOTROS
UN PUEBLO SACERDOTAL
PARA DIOS, NUESTRO PADRE.
A ÉL LA GLORIA Y EL PODER POR LOS SIGLOS.
HOY TE CANTAMOS, OH HIJO PREDILECTO DEL PADRE.
HOY TE ALABAMOS, CIENCIA ETERNA Y VERBO DE DIOS.
HOY TE CANTAMOS, HIJO DE MARÍA, LA VIRGEN.
HOY TE ALABAMOS, CRISTO NUESTRO HERMANO Y NUESTRO SALVADOR.
A ÉL LA GLORIA Y EL PODER POR LOS SIGLOS.
HOY TE CANTAMOS, LUZ DE ESPLENDOR ETERNO.
HOY TE ALABAMOS, ESTRELLA DE LA MAÑANA QUE ANUNCIA EL DÍA.
HOY TE CANTAMOS, MESÍAS ESPERADO POR LOS POBRES.
HOY TE ALABAMOS, OH CRISTO, NUESTRO REY Y PRÍNCIPE DE LA PAZ.
A ÉL LA GLORIA Y EL PODER POR LOS SIGLOS.
HOY TE CANTAMOS, CORDERO DE LA PASCUA ETERNA.
HOY TE ALABAMOS, VÍCTIMA INMOLADA POR NUESTROS PECADOS.
HOY TE CANTAMOS, CRISTO SALVADOR INMORTAL.
HOY TE ALABAMOS POR TU MUERTE Y RESURRECCIÓN.
JESUCRISTO, HAZ DE NOSOTROS
UN PUEBLO SACERDOTAL
PARA DIOS, NUESTRO PADRE.
A ÉL LA GLORIA Y EL PODER POR LOS SIGLOS.
Cuando llega al altar, se inclina profundamente con los ministros, besa el altar en señal de veneración e inciensa la cruz y el altar. A continuación, se dirige con los ministros a las sillas.
Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan con la señal de la cruz, mientras el sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice:
In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti.
Amén.
Pax vobis.
Et cum spíritu tuo.
ACTO PENITENCIAL
A continuación se hace el acto penitencial, al que el sacerdote invita a los fieles, diciendo:
Hermanos: Para celebrar dignamente estos sagrados misterios, aceptemos nuestros pecados.
Se hace una breve pausa en silencio. Después el sacerdote dice:
Señor, ten misericordia de nosotros.
Porque hemos pecado contra ti.
Muéstranos, Señor, tu misericordia.
Y danos tu salvación.
Sigue la absolución del sacerdote:
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
SEÑOR TEN PIEDAD
(Francisco Palazón)
SEÑOR TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
CRISTO TEN PIEDAD
CRISTO TEN PIEDAD
CRISTO TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
SEÑOR TEN PIEDAD
GLORIA
(Francisco Palazón)
GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR.
POR TU INMENSA GLORIA TE ALABAMOS, TE BENDECIMOS, TE ADORAMOS, TE GLORIFICAMOS, TE DAMOS GRACIAS,
GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR.
SEÑOR DIOS, REY CELESTIAL, DIOS PADRE TODOPODEROSO, SEÑOR, HIJO ÚNICO, JESUCRISTO. SEÑOR DIOS, CORDERO DE DIOS, HIJO DEL PADRE;
GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR.
TÚ QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO, TEN PIEDAD DE NOSOTROS; TÚ QUE QUITAS EL PECADO DEL MUNDO, ATIENDE NUESTRA SÚPLICA; TÚ QUE ESTÁS SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE, TEN PIEDAD DE NOSOTROS.
GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR
PORQUE SÓLO TÚ ERES SANTO, SÓLO TÚ SEÑOR, SÓLO TÚ ALTÍSIMO, JESUCRISTO, CON EL ESPÍRITU SANTO EN LA GLORIA DE DIOS PADRE.
GLORIA A DIOS EN EL CIELO,
Y EN LA TIERRA PAZ A LOS
HOMBRES QUE AMA EL SEÑOR.
AMEN.
ORACIÓN COLECTA
Terminado el himno, el Obispo, con las manos juntas, dice:
Oremos.
Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración colecta:
Señor Dios, que prometiste poner tu morada en los corazones rectos y sinceros, concédenos, por tu gracia, vivir de tal manera que te dignes habitar en nosotros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
LITURGIA DE LA PALABRA
PRIMERA LECTURA
(Ecl. 15, 16-21)
Lector: Del libro del Eclesiástico:
Si tú lo quieres, puedes guardar los mandamientos; permanecer fiel a ellos es cosa tuya. El Señor ha puesto delante de ti fuego y agua; extiende la mano a lo que quieras. Delante del hombre están la muerte y la vida; le será dado lo que él escoja. Es infinita la sabiduría del Señor; es inmenso su poder y él lo ve todo. Los ojos del Señor ven con agrado a quienes lo temen; el Señor conoce todas las obras del hombre. A nadie le ha mandado ser impío y a nadie le ha dado permiso de pecar.
Lector: Verbum Dómini.
℟.: Deo grátias.
SALMO RESPONSORIAL
(Sal 116)
℟. Dichoso el que cumple la voluntad del Señor.
Dichoso el hombre de conducta intachable,
que cumple la ley del Señor.
Dichoso el que es fiel a sus enseñanzas
y lo busca de todo corazón.. ℟.
Tú, Señor, has dado tus preceptos
para que se observen exactamente.
Ojalá que mis pasos se encaminen
al cumplimiento de tus mandamientos. ℟.
Favorece a tu siervo para que viva
y observe tus palabras.
Ábreme los ojos para ver
las maravillas de tu voluntad. ℟.
Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes
y yo lo seguiré con cuidado.
Enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón ℟.
SEGUNDA LECTURA
(Hch 8, 26-40)
Lector: Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
El Angel del Señor dijo a Felipe: «Levántate y ve hacia el sur, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza: es un camino desierto.» El se levantó y partió.
Un eunuco etíope, ministro del tesoro y alto funcionario de Candace, la reina de Etiopía, había ido en peregrinación a Jerusalén y se volvía, sentado en su carruaje, leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y camina junto a su carro.»
Felipe se acercó y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó: «¿Comprendes lo que estás leyendo?»
El respondió: «¿Cómo lo puedo entender, si nadie me lo explica?»
Entonces le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era el siguiente:
Como oveja fue llevado al matadero; y como cordero que no se queja ante el que lo esquila, así él no abrió la boca. En su humillación, le fue negada la justicia. ¿Quién podrá hablar de su descendencia, ya que su vida es arrancada de la tierra?
El etíope preguntó a Felipe: «Dime, por favor, ¿de quién dice esto el Profeta? ¿De sí mismo o de algún otro?»
Entonces Felipe tomó la palabra y, comenzando por este texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús.
Siguiendo su camino, llegaron a un lugar donde había agua, y el etíope dijo: «Aquí hay agua, ¿qué me impide ser bautizado?» Y ordenó que detuvieran el carro; ambos descendieron hasta el agua, y Felipe lo bautizó.
Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más, pero seguía gozoso su camino.
Felipe se encontró en Azoto, y en todas las ciudades por donde pasaba iba anunciando la Buena Noticia, hasta que llegó a Cesarea.
Lector: Verbum Dómini.
℟.: Deo grátias.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO
(Marco Frisina)
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA.
VAYAN, Y HAGAN QUE TODOS LOS PUEBLOS SEAN MIS DISCÍPULOS.
YO ESTARÉ SIEMPRE CON USTEDES HASTA EL FIN DEL MUNDO.
ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA, ALELUIA.
Mientras tanto, el sacerdote, cuando se utiliza incienso, lo coloca en el incensario. El diácono, que proclamará el Evangelio, inclinándose profundamente ante el sacerdote, pide en voz baja la bendición:
Padre, dame tu bendición.
Mientras tanto, el sacerdote, cuando se utiliza incienso, lo coloca en el incensario. El diácono, que proclamará el Evangelio, inclinándose profundamente ante el sacerdote, pide en voz baja la bendición:
Padre, dame tu bendición.
El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies dignamente su Evangelio; en el nombre del Padre, y del Hijo ✠ y del Espíritu Santo.
Amén.
EVANGELIO
(Jn 21, 15-17)
Después el diácono (o el sacerdote) va al ambón, y dice:
Dóminus vobíscum.
Et cum spíritu tuo.
El diácono (o el sacerdote), dice:
✠ Léctio sancti Evangélii secúndum Ioannem
✠ Léctio sancti Evangélii secúndum Ioannem
Glória tibi, Dómine.
Luego el diácono o el sacerdote, si procede, inciensa el libro y proclama el Evangelio.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos.] Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.
Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; [el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo. Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.
Cuando termina el Evangelio, el diácono aclama:
Verbum Dómini.
Laus tibi, Christe.
Luego lleva el libro al Obispo, que lo besa en silencio y bendice al pueblo.
Luego el diácono deposita el libro en el altar.
LITURGIA DE LA ORDENACIÓN
ELECCIÓN DE LOS CANDIDATOS AL DIACONADO
Los ordenados son llamados por el diácono de la forma siguiente:
Acérquense los que van a ser ordenados diáconos.
E inmediatamente los nombra; y el llamado dice:
Presente.
Y se acercan al Obispo, a quien hacen una reverencia.
Permaneciendo los ordenados en pie ante el Obispo, un presbítero designado por el Obispo dice:
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes diáconos a estos hermanos nuestros.
El obispo le pregunta:
¿Sabes si son dignos?
Y él responde:
Según el parecer de quienes los presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que han sido considerados dignos.
El Obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a estos hermanos nuestros para el Orden de los diáconos.
Demos gracias a Dios.
ELECCIÓN DEL CANDIDATO AL PRESBITERADO
El ordenado es llamado por el diácono de la forma siguiente:
Acérquese el que va a ser ordenado presbítero.
E inmediatamente lo nombra y el llamado dice:
Presente.
Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.
Permaneciendo el ordenado de pie ante el Obispo, un presbítero designado por el Obispo dice:
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes presbítero a este hermano nuestro.
El Obispo le pregunta:
¿Sabes si es digno?
Y él responde:
Según el parecer de quienes lo presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que ha sido considerado digno.
El Obispo:
Con el auxilio de Dios y de Jesucristo, nuestro Salvador, elegimos a este hermano nuestro para el Orden de los presbíteros.
Demos gracias a Dios.
HOMILÍA
Seguidamente, estando todos sentados, el Obispo hace la homilía, en la que, partiendo del texto de las lecturas proclamadas en la liturgia de la palabra, habla al pueblo y a los elegido sobre el ministerio de los diáconos y de los presbíteros.
PROMESAS DE LOS ELEGIDOS DIÁCONOS
Después de la homilía, solamente se levantan los elegidos y se ponen de pie ante el Obispo, quien los interroga con estas palabras:
Queridos hijos: Antes de entrar en el Orden de los diáconos deben manifestar ante el pueblo su voluntad de recibir este ministerio.
¿Quieren consagrarse al servicio de la Iglesia por la imposición de mis manos y la gracia del Espíritu Santo?
Los elegidos responden:
Si, quiero.
El Obispo:
¿Quieren desempeñar, con humildad y amor, el ministerio de diáconos como colaboradores del Orden sacerdotal y en bien del pueblo cristiano?
Los elegidos:
Si, quiero.
El Obispo:
¿Quieren vivir el misterio de la fe con alma limpia, como dice el Apóstol, y de palabra y obra proclamar esta fe, según el Evangelio y la tradición de la Iglesia?
Los elegido:
Si, quiero.
El Obispo:
¿Quieren conservar y acrecentar el espíritu de oración, tal como corresponde a su género de vida y, fiel a este espíritu, celebrar la Liturgia de las Horas, según su condición, junto con el pueblo de Dios y en beneficio suyo y de todo el mundo?
Los elegidos:
Si, quiero.
El Obispo:
¿Quieren imitar siempre en su vida el ejemplo de Cristo, cuyo Cuerpo y Sangre servirán con sus manos?
Los elegido:
Si, quiero, con la Gracia de Dios.
Seguidamente, los elegido se acercan uno por uno al Obispo y, de rodillas ante él, ponen sus manos juntas entre las manos del Obispo.
El Obispo interroga a los elegidos, diciendo, si es su Ordinario:
¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?
Los elegidos:
Si, prometo.
El Obispo concluye siempre:
Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término.
PROMESAS DEL ELEGIDO PRESBÍTERO
Terminado lo anterior, solamente se levanta el elegido y se pone de pie ante el Obispo, quien lo interroga con estas palabras:
Querido hijo: Antes de entrar en el Orden de los presbíteros es necesario que manifiestes ante el pueblo tu decisión de recibir este ministerio.
¿Quieres desempeñar siempre el ministerio sacerdotal en el grado de presbítero, como fiel colaborador del Orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor bajo la guía del Espíritu Santo?
El elegido responde:
Sí, quiero.
El Obispo:
¿Quieres desempeñar con dedicación y sabiduría el ministerio de la palabra en la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica?
El elegido:
Sí, quiero.
El Obispo:
¿Quieres celebrar con piedad y fidelidad los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación, para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia?
El elegido:
Sí, quiero.
El Obispo:
¿Quieres implorar, junto con nosotros, la misericordia divina a favor del pueblo que les sea confiado, cumpliendo así el mandato de orar continuamente?
El elegido:
Sí, quiero.
El Obispo:
¿Quieres unirte cada día más estrechamente a Cristo, sumo Sacerdote, que por nosotros se entregó al Padre como víctima santa, y consagrarte a Dios junto con él para la salvación de los hombres?
El elegido:
Sí, quiero, con la gracia de Dios.
Enseguida, el elegido se acerca al Obispo y, de rodillas ante él, pone sus manos juntas entre las manos del Obispo,
El Obispo interroga al elegido, diciendo, si es su Ordinario:
¿Prometes obediencia y respeto a mí y a mis sucesores?
El elegido:
Si, prometo.
El Obispo concluye siempre:
Dios, que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término.
SÚPLICA LITÁNICA
Seguidamente, todos se levantan.
El Obispo, dejando la mitra, de pie, con las manos juntas y de cara al pueblo, hace la invitación:
Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que derrame bondadosamente la gracia de su bendición sobre estos siervos suyos que ha llamado al Orden de los diáconos y de los presbíteros.
Entonces los elegidos se postran en tierra, y se cantan las letanías, respondiendo todos; en los domingos y durante el Tiempo Pascual, se hace estando todos de pie.
Nos ponemos de pie.
Los cantores comienzan las letanías (las invocaciones sobre los elegido se hacen en singular).
Concluido el canto de las letanías, el Obispo ordenante principal, en pie y con las manos extendidas, dice:
Señor Dios, escucha nuestras súplicas y confirma con tu gracia este ministerio que realizamos: santifica con tu bendición a éstos siervos tuyos que juzgamos aptos para el servicio de los santos misterios. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
IMPOSICIÓN DE MANOS
Y PLEGARIA DE ORDENACIÓN DIACONAL
Los elegidos se levantan; se acercan al Obispo, que está de pie delante de la sede y con mitra, y se arrodillan ante él.
El Obispo les impone en silencio las manos sobre la cabeza.
Tras dicha imposición de manos, los presbiteros permanecen junto al Obispo hasta que se haya concluido la Plegaria de Ordenación, pero de modo que la ceremonia pueda ser bien vista por los fieles.
Estando los elegidos arrodillados ante él, el Obispo, éste, sin mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:
Asístenos, Dios todopoderoso, de quien procede toda gracia, que estableces los ministerios regulando sus órdenes; inmutable en ti mismo, todo lo renuevas; por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro —palabra, sabiduría y fuerza tuya—, con providencia eterna todo lo proyectas y concedes en cada momento cuanto conviene.
Como un día elegiste a los levitas para servir en el primitivo tabernáculo, así ahora has establecido tres órdenes de ministros encargados de tu servicio.
Así también, en los comienzos de la Iglesia, los apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como auxiliares suyos en el ministerio cotidiano, a siete varones acreditados ante el pueblo a quienes, orando e imponiéndoles las manos, les confiaron el cuidado de los pobres, a fin de poder ellos entregarse con mayor empeño a la oración y a la predicación de la palabra.
Te suplicamos, Señor, que atiendas propicio a estos tus siervos, a quienes consagramos humildemente para el orden del diaconado y el servicio de tu altar.
ENVÍA SOBRE ELLOS, SEÑOR, EL ESPÍRITU SANTO, PARA QUE, FORTALECIDOS CON TU GRACIA DE LOS SIETE DONES, DESEMPEÑEN CON FIDELIDAD EL MINISTERIO.
Que resplandezca en ellos un estilo de vida evangélica, un amor sincero, solicitud por pobres y enfermos, una autoridad discreta, una pureza sin tacha y una observancia de sus obligaciones espirituales.
Que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en sus costumbres, y que el ejemplo de su vida suscite la imitación del pueblo santo; que, manifestando el testimonio de su buena conciencia, persevere firme y constante con Cristo, de forma que, imitando en la tierra a tu Hijo que no vino a ser servido sino a servir, merezcan reinar con él en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
ENTREGA DEL LIBRO DE LOS EVANGELIOS
Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El Obispo recibe la mitra. Los ordenados se levantan, y un diácono u otro ministro les pone la estola al estilo diaconal y les viste la dalmática.
Los ordenados, ya con sus vestiduras diaconales, se acerca al Obispo, quien entrega a aquellos, ante él arrodillado, el libro de los Evangelios, diciendo:
Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado.
Finalmente, el Obispo da a los ordenados el beso de paz, diciendo:
La paz esté contigo.
Los ordenados responden:
Y con tu espíritu.
Y lo mismo hacen todos o al menos algunos diáconos presentes.
Mientras tanto se toca alguna melodia.
IMPOSICIÓN DE MANOS
Y PLEGARIA DE ORDENACIÓN PRESBITERAL
El Obispo impone en silencio las manos sobre la cabeza del elegido.
Después de la imposición de las manos del Obispo, todos los presbíteros presentes, revestidos de estola, imponen igualmente en silencio las manos sobre el elegido.
Después de dicha imposición de manos, los presbíteros permanecen junto al Obispo hasta que se haya concluido la Plegaria de Ordenación, pero de modo que el rito pueda ser bien visto por los fieles.
Estando el elegido arrodillado ante él, el Obispo, sin mitra, con las manos extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:
Asístenos, Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno, autor de la dignidad humana y dispensador de todo don y gracia; por ti progresan tus criaturas y por ti se consolidan todas las cosas. Para formar el pueblo sacerdotal, tú dispones con la fuerza del Espíritu Santo en órdenes diversos a los ministros de tu Hijo Jesucristo.
Ya en la primera Alianza aumentaron los oficios, instituidos con signos sagrados. Cuando pusiste a Moisés y Aarón al frente de tu pueblo, para gobernarlo y santificarlo, les elegiste colaboradores, subordinados en orden y dignidad, que les acompañaran y secundaran.
Finalmente, cuando llegó la plenitud de los tiempos, enviaste al mundo, Padre santo, a tu Hijo, Jesús, Apóstol y Pontífice de la fe que profesamos. Él, movido por el Espíritu Santo, se ofreció a ti como sacrificio sin mancha, y habiendo consagrado a los apóstoles con la verdad, los hizo partícipes de su misión; a ellos, a su vez, les diste colaboradores para anunciar y realizar por el mundo entero la obra de la salvación.
También ahora, Señor, te pedimos nos concedas, como ayuda a nuestra limitación, éste colaborador que necesitamos para ejercer el sacerdocio apostólico.
TE PEDIMOS, PADRE TODOPODEROSO, QUE CONFIERAS A ESTE SIERVO TUYO LA DIGNIDAD DEL PRESBITERADO; RENUEVA EN SU CORAZÓN EL ESPÍRITU DE SANTIDAD; RECIBA DE TI EL SEGUNDO GRADO DEL MINISTERIO SACERDOTAL Y SEA, CON SU CONDUCTA, EJEMPLO DE VIDA.
Sea honrado colaborador del Orden de los Obispos, para que por tu predicación, y con la gracia del Espíritu Santo, la palabra del Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres, y llegue hasta los confines del orbe.
Sea con nosotros fiel dispensador de tus misterios, para que tu pueblo se renueve con el baño del nuevo nacimiento, y se alimente de tu altar; para que los pecados sean reconciliados y sean confortados los enfermos.
Que en comunión con nosotros, Señor, implore tu misericordia por el pueblo que se les confía y en favor del mundo entero.
Así todas las naciones, congregadas en Cristo, formarán un único pueblo tuyo que alcanzará su plenitud en tu Reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
UNCIÓN DE LAS MANOS
Y ENTREGA DEL PAN Y EL VINO
Concluida la Plegaria de Ordenación, se sientan todos. El Obispo recibe la mitra. El ordenado se levanta. Los presbíteros presentes vuelven a su puesto; pero unos de ellos colocan al ordenado la estola al estilo presbiteral y le viste la casulla.
Luego, el Obispo toma el gremial y, oportunamente informado el pueblo, unge con el sagrado crisma las palmas de las manos del ordenado, arrodillado ante él, diciendo:
Jesucristo, el Señor, a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo, te auxilie para santificar al pueblo cristiano y para ofrecer a Dios el sacrificio.
Después, el Obispo y el ordenado se lavan las manos.
Seguidamente, los fieles llevan el pan sobre la patena y el cáliz, ya con el vino y el agua, para la celebración de la Misa. El diácono lo recibe y se lo entrega al Obispo, quien a su vez lo pone en manos del ordenado, arrodillado ante él, diciendo:
Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor.
Finalmente, el Obispo da al ordenado el beso de paz, diciendo:
La paz este contigo.
El ordenado responde:
Y con tu espíritu.
Y lo mismo hacen todos o al menos algunos presbiteros presentes.
Prosigue la Misa como de costumbre. Se dice el Símbolo de la fe, según las rúbricas; se omite la oración universal.
LITURGIA EUCARISTÍCA
PRESENTACIÓN DE LOS DONES
(Con Amor Te Presento Señor)
Terminado lo anterior, comienza el canto para el ofertorio. Mientras tanto, los ministros colocan sobre el altar el corporal, el purificador, el cáliz, la palia y el misal.
LO MEJOR DE MI VIDA,
TE PRESENTO, SEÑOR, MI AMISTAD.
CON AMOR TE PRESENTO, SEÑOR,
PARA SER MI MANJAR.
LA VIÑA, EL RACIMO, EL TRIGAL,
EL PAN DE MI HOGAR
TE PRESENTO CON AMOR.
CON MIS MANOS ABIERTAS A TI,
CONTEMPLANDO TU LÁMPARA,
TE PRESENTO, SEÑOR, MI ESPERANZA.
HACIA TI SE DIRIGE MI BARCA,
HACIA EL CIELO SE VA.
ES LARGO EL CAMINO, EL REMAR,
RUTA PASCUAL,
DIOS ME GUÍA AL CAMINAR.
CON MI OFRENDA TAMBIÉN YO TE DOY
LO MEJOR DE MIS LÁGRIMAS.
TE PRESENTO, SEÑOR, MI DOLOR.
TE PRESENTO, SEÑOR, MI ORACIÓN,
OFERTORIO DE AMOR.
EL GRANO ENTERRADO YA ES FLOR,
LA ESPIGA OBLACIÓN,
LA SEMILLA REDENCIÓN.
Conviene que los fieles expresen su participación en la ofrenda, bien sea llevando el pan y el vino para la celebración de la Eucaristía, bien presentando otros dones para las necesidades de la Iglesia o de los pobres.
Luego el sacerdote, profundamente inclinado, reza en silencio.
Y, si procede, inciensar las ofrendas, la cruz y el altar. Después, el diácono u otro ministro inciensa al sacerdote y al pueblo.
Luego, el sacerdote, de pie junto al altar, se lava las manos y dice la oración en silencio.
El sacerdote, de pie en el centro del altar, dice:
Oremos, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios, Padre todopoderoso
El pueblo se levanta y responde:
El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Luego el sacerdote dice la oración sobre las ofrendas:
Que esta ofrenda, Señor, nos purifique y nos renueve, y se convierta en causa de recompensa eterna para quienes cumplimos tu voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
PREFACIO
(Cristo, origen de todo ministerio eclesial)
El sacerdote comienza la plegaria eucarística con el prefacio. Dice:
Dóminus vobíscum.
Et cum spíritu tuo.
El sacerdote prosigue:
Sursum corda.
Habémus ad Dóminum.
El sacerdote añade:
Grátias agámus Dómino Deo nostro.
Dignum et iustum est.
El sacerdote prosigue el prefacio.
En verdad es justo y necesario, alabarte y darte gracias, Padre santo, Dios omnipotente y misericordioso, de quien proviene toda paternidad en la comunión del Espíritu.
En verdad es justo y necesario, alabarte y darte gracias, Padre santo, Dios omnipotente y misericordioso, de quien proviene toda paternidad en la comunión del Espíritu.
En tu Hijo Jesucristo, sacerdote eterno, siervo obediente, pastor de los pastores, has puesto el origen y la fuente de todo ministerio, según la viva tradición apostólica conservada en tu pueblo que peregrina en la historia.
Tú eliges dispensadores de los santos misterios con variedad de dones y carismas, para que en todas las naciones de la tierra se ofrezca el sacrificio perfecto y, con la Palabra y los sacramentos se edifique la Iglesia, comunidad de la nueva alianza, templo de tu gloria.
Por este misterio de salvación, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos con gozo el himno de tu alabanza:
SANTO
(Misa Melódica - Alejandro Mejia)
SANTO, SANTO, SANTO ES EL SEÑOR, DIOS DEL UNIVERSO. LLENOS ESTÁN, EL CIELO Y LA TIERRA, DE TU GLORIA.
¡HOSANNA, HOSANNA, HOSANNA EN EL CIELO!
¡HOSANNA, HOSANNA, HOSANNA EN EL CIELO!
BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR.
¡HOSANNA, HOSANNA, HOSANNA EN EL CIELO!
¡HOSANNA,
