Carta Pastoral "Euntes In Mundum" | No. 03/2026

ARQUIDIOCESIS METROPOLITANA DE MEDELLÍN 
CARTA PASTORAL No. 03/2026

"EUNTES IN MUNDUM UNIVERSUM"

SOBRE EJERCER EL MINISTERIO SACERDOTAL
CON CONSTANCIA Y PRUDENCIA

LUIS ROMÁN CARD. GALVÁN
POR GRACIA DE DIOS Y VOLUNTAD DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA
ARZOBISPO METROPOLITANO DE MEDELLÍN 

A los presbíteros, diáconos, religiosos, seminaristas y a todos los fieles laicos de la Arquidiócesis Metropolitana de Medellín y de la Comunidad Católica En Minecraft: 
¡gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, el Señor!

PRESENTACIÓN

"Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda creatura"
(Mc. 16, 15)

Hermanos y hermanas en el Señor:

Durante los últimos días, estas palabras con las que nuestro Señor Jesucristo confió a la Iglesia una misión que no conoce fronteras, épocas ni limitaciones han cobrado para mí un sentido verdaderamente especial.

Aquel mandato cobra varios significados, pues constituye el corazón de la existencia eclesial que de manera especial ejercemos en la Comunidad. La Iglesia no nació para permanecer encerrada en sí misma, ni para limitarse a conservar un patrimonio espiritual recibido de generaciones anteriores. Desde el día de Pentecostés fue enviada como pueblo peregrino, impulsada por el Espíritu Santo hacia todos los pueblos, culturas y naciones.

Ante una realidad de división, de odios y rencores, de debilidades y juicios podría surgir el desaliento. Más sin embargo, precisamente en estos tiempos resuena con renovada fuerza la voz del Señor que continúa diciendo a sus discípulos: «No tengan miedo». (Cf. Mt 28, 20). Cristo no abandona jamás a su Iglesia. Él permanece con nosotros hasta el fin de los tiempos, sosteniendo el trabajo silencioso de quienes anuncian el Evangelio aun cuando los frutos parezcan tardar en aparecer.

La misión evangelizadora exige hoy dos virtudes que deseo proponer particularmente a toda nuestra Iglesia: la constancia y la prudencia. Constancia para no cansarnos de sembrar la Palabra aun cuando el terreno parezca árido; prudencia para anunciar la verdad íntegra con caridad, inteligencia y profundo respeto por la dignidad de cada persona.

Evangelizar nunca ha consistido únicamente en transmitir conocimientos religiosos. Evangelizar es llevar un encuentro vivo con Jesucristo; es permitir que el hombre descubra nuevamente que ha sido creado por amor, redimido por la Cruz y llamado a la vida eterna.

Por ello deseo invitar a toda persona que lea estas letras a renovar su ardor apostólico. Ninguna comunidad debe conformarse con mantener aquello que ya posee. Ningún sacerdote debería pensar que ha concluido su misión. Ningún bautizado puede considerar que la evangelización pertenece exclusivamente al clero. Todos hemos sido enviados; todos somos discípulos misioneros.

Confiando este camino a la intercesión de la Santísima Virgen María, primera discípula y primera evangelizadora, pongo en sus manos estas reflexiones para que susciten una auténtica renovación espiritual y pastoral en nuestra Iglesia.

I. EL MANDATO PERMANENTE DEL SEÑOR

Las últimas palabras pronunciadas por una persona antes de partir suelen contener aquello que considera más importante. Así sucede también con Jesucristo: «Vayan y hagan discípulos...». Antes de ascender a la gloria del Padre, el Señor no dejó a los Apóstoles una estrategia, una organización o un programa de expansión. Les confió un mandato que definiría para siempre la identidad de la Iglesia: anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Desde aquel momento, la Iglesia quedó marcada por una dinámica que jamás debe perder. Allí donde se deja de anunciar a Cristo, se comienza lentamente a olvidar quién es. No existe una Iglesia inmóvil; la Iglesia vive porque camina, anuncia, sirve y sale continuamente al encuentro de quienes aún no conocen plenamente al Salvador.

La evangelización no comenzó con los Apóstoles. Su origen se encuentra en el misterio eterno del amor divino.

El Padre envió al Hijo para la salvación del mundo. El Hijo, obediente hasta la muerte de Cruz, realizó perfectamente la voluntad del Padre y, consumada la obra de la Redención, envió al Espíritu Santo sobre los discípulos reunidos en el Cenáculo (Jn 20, 21-22; Hch 2, 1-13). La misión de la Iglesia brota precisamente de este movimiento eterno de amor: el Padre envía al Hijo, el Hijo envía al Espíritu y el Espíritu impulsa a la Iglesia hacia el mundo.

Por ello toda auténtica evangelización posee una inspiración profundamente trinitaria. No anunciamos una filosofía ni una ideología. Tampoco buscamos aumentar estadísticas o conquistar espacios de poder. Anunciamos al Dios vivo que ha querido entrar en la historia humana para reconciliar consigo todas las cosas por medio de Jesucristo.

Desde las primeras páginas de la Escritura descubrimos que Dios jamás restringió su plan de salvación a un único pueblo. La elección de Israel tenía precisamente una finalidad universal: que todas las naciones llegaran a conocer al único Dios verdadero (Gn 12, 1-3; Is 49, 6).

Los profetas anunciaron en distintas ocasiones que llegaría el día en que los pueblos acudirían al monte del Señor para recibir su luz. Cristo mismo confirmó esta universalidad al dialogar con samaritanos, paganos, publicanos y pecadores.

Después de lo sucedido en Pentecostés, podemos comprender también que el Evangelio debía cruzar todas las fronteras. Desde entonces, la historia de la Iglesia ha sido la historia de una peregrinación incesante hacia nuevas tierras, nuevas culturas y nuevos corazones.

Cada generación recibe nuevamente este mandato. Nadie puede considerarlo ya cumplido, porque aun cuando exista un solo hombre que no conozca plenamente a Cristo, la misión continúa.

II. LA CONSTANCIA DEL EVANGELIZADOR

La misión evangelizadora, confiada por Cristo a su Iglesia, no es una empresa que pueda sostenerse con el entusiasmo de los comienzos. Si bien el fervor inicial constituye un don precioso del Espíritu Santo, la historia de la salvación demuestra que el verdadero discípulo se distingue por su capacidad de perseverar. Evangelizar es sembrar con paciencia, esperar con esperanza y confiar en que será Dios quien conceda el crecimiento.

Vivimos en una época marcada por la inmediatez. Esta mentalidad puede infiltrarse en la vida pastoral, llevando a medir la fecundidad de la misión únicamente por cifras, estadísticas o simplemente por el reconocimiento social. Sin embargo, el Evangelio propone una verdad diversa. El Reino de Dios crece como la semilla que germina silenciosamente mientras el sembrador duerme; su desarrollo permanece muchas veces oculto a los ojos humanos, pero jamás deja de producir fruto cuando ha sido sembrado con amor.

La constancia, por tanto, no consiste únicamente en prolongar una actividad durante mucho tiempo. Constituye una virtud profundamente teologal, porque nace de la confianza en la fidelidad de Dios. Quien persevera no lo hace apoyado exclusivamente en sus propias fuerzas, sino porque sabe que el Señor permanece fiel incluso cuando los frutos parecen escasos o las dificultades aumentan.

Toda reflexión sobre la perseverancia cristiana debe comenzar contemplando la vida del mismo Jesucristo. Él recorrió los caminos de Galilea, Samaría y Judea anunciando el Reino sin permitir que el rechazo, la incomprensión o la persecución alteraran la fidelidad a la misión recibida del Padre.

Muchos abandonaron su seguimiento después del discurso sobre el Pan de Vida. Las autoridades religiosas buscaron continuamente desacreditarlo. Sus propios discípulos discutían acerca de quién sería el mayor (Mc 9, 33-37). Judas lo entregó (Mt 26, 14-16). Pedro lo negó (Lc 22, 54-62). Finalmente, la multitud que pocos días antes lo había aclamado pidió su crucifixión (Jn 19, 15). Y aun así, ninguna de estas pruebas apartó al Señor del camino de la obediencia. Su constancia alcanzó la plenitud en el Calvario, donde permaneció fiel hasta el extremo, consumando la obra redentora mediante el sacrificio de la Cruz0.

El evangelizador encuentra en Cristo el paradigma de toda perseverancia. No anuncia porque el camino sea fácil, sino porque sabe que la fidelidad vale más que el éxito aparente. La Cruz no fue el fracaso de la misión de Cristo, sino el lugar donde la misión alcanzó su máxima fecundidad.

Las parábolas del Reino también revelan constantemente el modo como Dios actúa en la historia. El sembrador esparce la semilla sin conocer de antemano cuál dará fruto abundante. El agricultor espera con paciencia las lluvias tempranas y tardías antes de recoger la cosecha. El grano de mostaza, siendo el más pequeño, llega a convertirse en un gran arbusto donde encuentran refugio las aves del cielo.

Existe el deseo de querer contemplar inmediatamente los frutos del propio trabajo pastoral. Sin embargo, muchas veces la gracia actúa silenciosamente durante años antes de manifestarse visiblemente. Una palabra escuchada en la infancia, una homilía, un gesto de misericordia, una conversación providencial o un testimonio silencioso pueden permanecer ocultos en el corazón de una persona durante décadas, hasta que el Espíritu Santo hace germinar aquello que parecía olvidado.

Cada época de la historia ha conocido desafíos particulares. Los primeros cristianos afrontaron la persecución; los misioneros medievales enfrentaron largos viajes y culturas desconocidas; innumerables santos soportaron incomprensiones incluso dentro de la propia Iglesia.

Nuestro tiempo presenta pruebas distintas, aunque no menos exigentes. La indiferencia, la dureza, la superficialidad de muchas relaciones humanas y la rapidez con que cambian las formas de comunicación pueden provocar la impresión de que el anuncio del Evangelio pierde eficacia. No debemos dejarnos dominar por esa tentación.

Cristo jamás prometió una misión fácil; prometió, en cambio, su presencia constante: «Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Esa promesa sostiene todavía hoy a la Iglesia. Ninguna crisis histórica ha podido destruir el Evangelio, porque su fuerza no proviene de circunstancias favorables, sino del mismo Señor resucitado.

La perseverancia cristiana no mira el pasado ni el futuro; vive plenamente el presente con la certeza de que Dios continúa obrando maravillas en medio de su pueblo.

III. "APACIENTA A MIS OVEJAS"

Queridos hermanos obispos, sacerdotes y diáconos:

Deseo dirigirme ahora de manera particular a ustedes, que al igual que yo han recibido, por la imposición de las manos y la efusión del Espíritu Santo, el don sagrado del ministerio ordenado. En nosotros la Iglesia busca a aquellos hombres elegidos por Dios para prolongar sacramentalmente la presencia de Cristo, Buen Pastor, Maestro y Siervo.

El sacerdote no es un organizador, un funcionario o un gerente de actividades eclesiales. Antes de cualquier tarea visible, es un hombre llamado a vivir en íntima comunión con el Padre que ve en lo secreto (Mt 6, 6). Toda fecundidad pastoral brota de esa unión.

Jamás permitamos que las múltiples ocupaciones nos roben el tiempo destinado a la oración. Ninguna reunión, ningún proyecto ni ninguna responsabilidad administrativa puede sustituir, aun en la Comunidad, aquellos momentos silenciosos en los que el sacerdote permanece delante de Él, dejándose transformar por la presencia del Señor.

Prediquemos con claridad, con profundidad y con lenguaje comprensible. No ocultemos aquellas exigencias del Evangelio para favorecer la mentalidad actual, pero anunciémoslas siempre con la caridad y la paciencia, características propias de un Buen Pastor.

El ministerio sacerdotal encuentra su modelo perfecto en Jesucristo, que vino «no para ser servido, sino para servir» (Cf. Mc 10, 45). La autoridad en la Iglesia nunca puede confundirse con dominio o privilegio. El sacerdote ejerce su ministerio como padre, hermano y servidor de la comunidad que le ha sido confiada.

La prudencia no consiste en evitar toda dificultad ni en permanecer en silencio cuando es necesario defender la verdad. La prudencia es la virtud que permite discernir, en cada circunstancia, el modo más adecuado de actuar conforme a la voluntad de Dios. Recuerden siempre que el sacerdote nunca habla únicamente en nombre propio; su palabra representa, de algún modo, a la Iglesia que sirve.

Ningún sacerdote ha sido llamado a recorrer solo el camino del ministerio. El presbiterio constituye una verdadera familia espiritual reunida en torno a su Obispo.

Cultiven la amistad. Sosténganse mutuamente en las dificultades. Eviten rivalidades, comparaciones y divisiones que lastiman la comunión. La unidad del presbiterio constituye uno de los testimonios más elocuentes que podemos ofrecer al Pueblo de Dios. Recen unos por otros. Corríjanse fraternalmente cuando sea necesario. Alégrense sinceramente por los frutos de sus hermanos. Donde manda la caridad, florecen también las vocaciones y crece la vida de las comunidades.

Finalmente, queridos hermanos, quisiera recordarles que la primera necesidad de la Iglesia no consiste en disponer de ministros eficientes, sino de ministros profundamente santos. El mundo necesita sacerdotes cuya vida refleje la presencia de Cristo: sacerdotes enamorados de la Eucaristía, fieles a la oración, alegres en la esperanza, sencillos en el trato, prudentes en el gobierno, firmes en la doctrina y generosos en la entrega.

Con esta esperanza, los encomiendo diariamente al Corazón Sacratísimo de Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, y a la protección maternal de la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, para que perseveren con alegría en el ministerio recibido y sean, para nuestro pueblo, signos vivos del amor de Cristo.

IV. "YO ESTOY CON USTEDES HASTA EL FIN DEL MUNDO"

Hermanos:

Al concluir esta Carta, deseo decir a todos ustedes que existe la certeza de que Jesucristo continúa llamando a su Iglesia a anunciar el Evangelio con alegría, constancia y prudencia. El mandato no pertenece únicamente al pasado; sigue resonando hoy con la misma fuerza con la que fue pronunciado junto al lago de Galilea: «Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15).

No debemos desanimarnos ante las dificultades de nuestro tiempo. El Señor nunca prometió un camino exento de pruebas, pero sí aseguró su presencia constante: «Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Esta promesa debe sostener nuestra esperanza e impulsarnos a perseverar, sabiendo que toda obra realizada por amor a Cristo produce fruto en el tiempo que Dios ha dispuesto.

Los invito a renovar el amor de nuestra vida cristiana y a salir al encuentro de quienes esperan, muchas veces sin saberlo. Que nuestras comunidades sean escuelas de santidad, de comunión y de misión, donde cada persona descubra la alegría de anunciar a Jesucristo con la palabra y con el testimonio de una vida coherente.

María, Madre de la Esperanza, sea nuestra guía y auxilio. Que ella, primera discípula y misionera, nos enseñe a acoger la Palabra con docilidad, a conservarla en el corazón y a llevar a Cristo al mundo con la misma disponibilidad con la que respondió al anuncio del ángel.

Que, fortalecidos por el Espíritu Santo, caminemos siempre con la mirada puesta en Cristo, Señor de la historia y Rey del universo, para que nuestra Iglesia permanezca fiel a la misión que ha recibido y sea, en todo tiempo y lugar, signo vivo de esperanza para el mundo.

Y así como el Señor envió a sus Apóstoles, también hoy nos envía a nosotros con las mismas palabras que siguen resonando a través de los siglos:

"Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda creatura"

Firmada en la Ciudad de Medellín, Colombia, en la Catedral Basílica Metropolitana De La Inmaculada Concepción De María. el día 21 del mes de Julio, del Año del Señor, 2026, en la Celebración Eucarística Del 1er Aniversario De La Ordenación Episcopal.

+  Luis Román   Card.   Galván   
Arzobispo Metropolitano

                                                                
Dedicada a Nuestra Señora De La Candelaria, 
Patrona De La Arquidiócesis.
                                                                

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